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lunes, mayo 14, 2007

Un hombre que se parecía a Orestes (Álvaro Cunqueiro) [Testigo]

- Yo estoy a la espera, como pueda estarlo el rey Egisto, porque conviene que haya un testigo para los siglos. Y todos los sucesos del mundo los reduzco a la gran expectación de la llegada del vengador, y tomo notas para adornar la historia. Y ahora mismo, cuando tú montes en tu caballo y marches hacia tu país, señor Eumón, subiré a mi biblioteca, y en uno de mis cuadernos, por si conviene prestarle este gesto a Orestes, apuntaré el que tú tienes frecuente de llevar el dedo índice de la mano derecha a la despejada frente, como ordenando a un oculto pensamiento que comparezca. Tengo apuntados, inclusive, gestos de animales, un desperezo de felinos, el alargar del cuello del lobo que asoma a una encrucijada, la paciencia distraída del hurón, la cabeza erguida del azor que acaba de entregar la pieza que ha cobrado... Mi Orestes será variado, porque es el hombre, el ser humano. Si el público de teatro fuese educado en fisiognómica, haría un acto solamente con los gestos, pasos, escuchas, dudas, preparativos para el acto vengador del joven príncipe. Lo titularía “La aproximación de Orestes”, sería de gran utilidad para cazadores de bestias salvajes, y una luz estaría siempre sobre el rostro del protagonista, sobre sus manos, sobre sus pies, no dejando perder nada de la infinita muestra de sus movimientos.

Un hombre que se parecía a Orestes
Álvaro Cunqueiro

Un hombre que se parecía a Orestes (Álvaro Cunqueiro) [Venganza]

- ¿Qué harías tú en mi lugar? – pregunta otra vez Orestes.
El viejo se levanta y se sienta a la puerta de la casa, en el cepo de partir leña. Se rasca la calva cabeza.
- ¡Vaya, yo en el momento haría cualquier cosa, cortarle los testículos al querido de mi madre! Pero, pasados esos años que dices, y vistas las cosas con la frialdad que regala la distancia, y viendo que esa obsesión me estropea la puta vida, lo dejaría. ¡Claro que lo dejaría! Me haría otra vida por ahí, una vida de verdad, con oficio, con obligaciones, bien casado, la ropa siempre planchada, casa propia, hijos... Yo conocí a uno que quería matar a su padrastro, y el padrastro le mandaba melones cuando atracábamos en el puerto de la villa en que vivía. Era un marinero de mi nave. Y empeñado en que su padrastro le estaba comiendo la viña y una pareja de bueyes, amén de acostarse con su madre - y esto a nadie le gusta que lo haga un forastero. Yo le pedía que no lo matase, que sería un descrédito para la nave, y le aseguraba que, cuando menos lo pensase, el padrastro moriría de desgracia. Y así fue. Vino el padrastro con tres melones, resbaló en la escalerilla, se dio un golpe contra un ancla de repuesto que estaba en el muelle, y quedó en el sitio.... Mientras comíamos los melones, yo le decía que aquello estaba previsto. Y lo mejor del caso es que al siguiente viaje, cuando mi marinero fue a hacerse cargo de su viña y de su pareja de bueyes, se encontró con que su madre se había vuelto a casar, con la novedad de una red con membrillos colgada del techo, que el nuevo marido era muy delicado de nariz, y quería un perfume distinto al que reinaba en la habitación con sus antecesores.
- ¿No mató a la madre? – preguntó Orestes.
- ¿Y quién es uno para matar a la madre? Bebe y duerme, muchacho, que ya te despertaré para la cena, que hay salchichón con coliflor. ¡A lo mejor la misma cena que, a la misma hora, están haciendo tus adúlteros!

Un hombre que se parecía a Orestes
Álvaro Cunqueiro

jueves, mayo 03, 2007

Fábulas y leyendas de la mar (Álvaro Cunqueiro) [El mar]

El mar es mucho más complejo, en su realidad y en su fantasía, que todo lo que podamos imaginar desde tierra firme. Va para ocho meses que no veo el mar, y esto me tiene un poco desazonado. Sueño con el mar, con sus olas que vienen hacia la tierra bravas o mansas, y con el dilatado horizonte marino...[...]
Quisiera estar asomado al mar desde un alto cantil, viéndole ir y venir, cantar sordo o bruir terrible. Quisiera ver un velero -un tres palos- cruzar, viento en popa. Quisiera oír la arena cantar bajo mis pies. No se debe, no, estar ocho meses sin ver el mar. [...] Yo, de rapaz, como ahora de hombre, tenía media imaginación llena de relaciones marineras. Y sabía tantas historias del mar como de la tierra. No hay más hermosos caminos que los del mar, que los caminos que saben los salmones y las goletas de antaño y que éstos de los grandes transatlánticos de hogaño. Dan estos caminos poder, riqueza, fantasía.

Fábulas y leyendas de la mar
Álvaro Cunqueiro

lunes, febrero 12, 2007

Fábulas y Leyendas de la Mar (Álvaro Cunqueiro) [Las bestias del Tenebroso]

Conviene decir que los gallegos estamos asustados –los gallegos del litoral, del Finisterrae-, porque de nuevo en el océano Atlántico, en el mar Tenebroso, han aparecido grandes bestias. [...] Ni la tan discutida serpiente de mar ha sido vista desde la guerra submarina de los años 14-18, ni ningún Kraken, ese pulpo gigante inventado por un obispo sueco y capaz de retener entre sus largos y poderosos tentáculos un bergantín, ha sido reconocido modernamente. De sirenas, ya ni hablar... Los americanos inventan tiburones para sus películas y eso es todo. Pero en estos últimos tiempos han surgido otras bestias: los grandes petroleros. Animales frágiles, que se rompen fácilmente, o se revientan, y entonces vierten en el mar el contenido de sus enormes vientres, un líquido mortal que da muerte a los peces y a las aves marinas, y se tiende como un manto negro por las blancas playas, y embadurna las rocas, y siembra la muerte allí donde se posa...

Las bestias del Tenebroso, de Fábulas y Leyendas de la Mar
Álvaro Cunqueiro

lunes, enero 22, 2007

Alejandro submarino, de Fábulas y leyendas de la mar (Álvaro Cunqueiro)

Yo había inventado que, antes de bajar al fondo del océano, Alejandro pasó cuarenta días comiendo solamente carne, y no pronunciando ni una sola vez el nombre de un pez. Estas eran graves precauciones para apartarse lo más posible de la fauna piscícola, y una vez sumergido no poder ser tenido por nadie como miembro de ella. […]
Alejandro se vistió de rojo y de oro, y se ciñó con lana empapada en sangre de unicornio, y cera virgen, y, antes de meterse en el tonel de vidrio, sus secretarios, que eran damascenos, que es lo más parecido que haya a aquellos vizcaínos de buena letra que sirvieron en las secretarías de Felipe II y sucesores, le leyeron al mar veinticuatro decretos que lo reducían a calma durante veinticuatro días. Y por fin, en una barca construida con madera de siete árboles diferentes, salió a alta mar, y fue lanzado en su tonel de cristal a las aguas, las cuales se apartaron respetuosamente y dijeron: ¡Salam!

Alejandro submarino, de Fábulas y leyendas de la mar
Álvaro Cunqueiro