lunes, febrero 12, 2007

Fábulas y Leyendas de la Mar (Álvaro Cunqueiro) [Las bestias del Tenebroso]

Conviene decir que los gallegos estamos asustados –los gallegos del litoral, del Finisterrae-, porque de nuevo en el océano Atlántico, en el mar Tenebroso, han aparecido grandes bestias. [...] Ni la tan discutida serpiente de mar ha sido vista desde la guerra submarina de los años 14-18, ni ningún Kraken, ese pulpo gigante inventado por un obispo sueco y capaz de retener entre sus largos y poderosos tentáculos un bergantín, ha sido reconocido modernamente. De sirenas, ya ni hablar... Los americanos inventan tiburones para sus películas y eso es todo. Pero en estos últimos tiempos han surgido otras bestias: los grandes petroleros. Animales frágiles, que se rompen fácilmente, o se revientan, y entonces vierten en el mar el contenido de sus enormes vientres, un líquido mortal que da muerte a los peces y a las aves marinas, y se tiende como un manto negro por las blancas playas, y embadurna las rocas, y siembra la muerte allí donde se posa...

Las bestias del Tenebroso, de Fábulas y Leyendas de la Mar
Álvaro Cunqueiro

El Kraken (Alfred Tennyson)

Bajo los truenos de las superficie, en las honduras del mar abismal, el Kraken duerme su antiguo, no invadido sueño sin sueños. Pálidos reflejos se agitan alrededor de su oscura forma; vastas esponjas de milenario crecimiento y altura se inflan sobre él, y en lo profundo de la luz enfermiza, pulpos innumerables y enormes baten con brazos gigantescos la verdosa inmovilidad, desde secretas celdas y grutas maravillosas. Yace ahí desde siglos, y yacerá, cebándose dormido de inmensos gusanos marinos hasta que el fuego del Juicio Final caliente el abismo. Entonces, para ser visto una sola vez por hombres y por ángeles, rugiendo surgirá y morirá en la superficie.
El Kraken
Alfred Tennyson

Universo mestizo (Lola Delgado y Javier Lozano)

Así es la vida de los “mestizos” que nos cruzamos por la calle, de nuestros vecinos y de nuestros compañeros de trabajo. De quienes nos atienden detrás de un mostrador en una tienda o nos hacen más alegre un paseo de domingo por la calle con su música. Del camarero que nos sirve en un restaurante y del actor que nos ayuda a soñar en el teatro. Del fontanero que nos arregla el grifo, o del albañil que construyó nuestra casa. Del señor con el que nos topamos todos los días en el metro o de la figurinista que viste a los actores de época de nuestras películas favoritas… o de los niños que suben al autobús cuando salen de su aula mestiza. O del científico que trabaja mirando a los astros… Así es su vida… así es nuestra vida.
Lola Delgado y Javier Lozano

Ritratti su misura (Elio Filippo Accrocca)

Amo la vida ferozmente, tan desesperadamente que nada me satisface: hablo de los datos físicos de la vida, el sol, la hierba, la juventud... yo devoro, devoro, devoro. Cómo terminaré, no lo sé.
Pier Paolo Pasolini en Ritratti su misura
Elio Filippo Accrocca

Fahrenheit 451 (Ray Bradbury)

Es algo obvio. Hay más de un modo de quemar un libro. Y el mundo está lleno de gente que corre alrededor con cerillas encendidas. Cada minoría, sea baptista, Unitaria, irlandesa/ italiana/ octogenaria/ budista Zen, Sionista, adventista del Séptimo Día, Feminista/ Republicana, Mattachina, o de la Iglesia de Dios Universal, siente que tiene la voluntad, el derecho, el deber de empapar de keroseno, de encender el fusible. Cada estúpido redactor que se ve como la fuente de toda la literatura ácima del maná de las insípidas gachas de avena del llano, lame su guillotina y le echa el ojo al cuello de cualquier autor que se atreva a hablar más alto que un susurro o a escribir algo más que una rima de guardería.

Coda a Fahrenheit 451
Ray Bradbury
(Traducción no jurada, lo juro)

La carta contada (Alonso Bayona)

Diccionarios, enciclopedias, tratados de filosofía, de amor, de literatura y de psicología no pudieron resolver el problema. Y entonces solicité que se me permitieran seis horas diarias de investigación sobre el tema, en la biblioteca de la ciudad más cercana. Repletos de amor por el idioma y por mi rehabilitación, me concedieron el permiso de salida sin restricciones. Obviamente, hijo mío, tres días después cruzaba yo la frontera hacia donde me encuentro ahora, usufructuando mi palabra y la ingenuidad ajena, como lo he hecho desde que tu padre nos abandonó. Mentira, hijo, mentira. Aún soy una reclusa. Perdona si te he causado una falsa alegría o una grave preocupación. He querido hacerte ver que los presidiarios-penitentes no necesitamos que nos cuenten las palabras porque nuestras mentes escriben cartas destinadas a ellas mismas, sin limitaciones de tiempo, de espacio o de contenido. Así podemos vivir nuestra vida.

La carta contada
Alonso Bayona

La revolución pop [Pablo Pérez Mínguez] (Jesús Ordovás)

En esa época estaba todo el mundo junto. El piso en el que hacíamos Pancoca se lo teníamos alquilado a un amigo, y en el piso de abajo estaba Pablo Pérez Mínguez con Almodóvar rodando Laberinto de Pasiones. Eso era en la calle Montesquinza, que es una calle tremendamente burguesa y elegante de Madrid, y allí llegaban los grupos vestidos con chupas de cuero llenas de imperdibles y se encontraban en la puerta con un portero de librea. Era muy gracioso ver aquellos contrastes.

La Revolución Pop
Jesús Ordovás

Lolita (Vladimir Nabokov)

No tengo la intención de glorificar a “Humbert Humbert”. Sin duda, es un hombre abominable, abyecto, un ejemplo flagrante de lepra moral, una mezcla de ferocidad y jocosidad que acaso revele una suprema desdicha, pero que no puede ejercer atracción. Su capricho llega a la extravagancia. Muchas de sus opiniones formuladas aquí y allá sobre las gentes y el paisaje de este país son ridículas. Cierta desesperada honradez que vibra en su confesión no lo absuelve de pecados de diabólica astucia. Es un anormal. No es un caballero. Pero, ¡con qué magia su violín armonioso conjura en nosotros una ternura, una compasión hacia Lolita que nos entrega a la fascinación del libro, al propio tiempo que abominamos de su autor!

Prólogo de John Ray a Lolita
Vladimir Nabokov

Los Cuentos de Canterbury (Geoffrey Chaucer)

La mala suerte ha sido. Estoy tan acostumbrado a soplar el fuego que esto, supongo, ha cambiado el color de mi rostro. Yo no suelo mirarme en los espejos, sino que fatigosamente trabajo en intentar transmutar metales. Nosotros andamos siempre desviados y contemplamos el fuego sin parar, pero a pesar de toda nuestra esperanza jamás logramos nuestro deseo. A muchos engañamos y a otros pedimos prestado, algo como una libra o dos, o diez, o doce y aún mayores cantidades, y así les hacemos creer que doblaremos su dinero al menos. Pero todo es falso, porque, aunque nuestros deseos son buenos, no pueden realizarse, y desde luego no por falta de ensayos. Sin embargo, la ciencia de la alquimia está tan lejos de nosotros que no somos capaces de alcanzarla, y, digamos nosotros lo que sea, ella acaba siempre por deslizarse hasta que nos convierte en mendigos.

Los Cuentos de Canterbury - Cuento del criado del canónigo
Geoffrey Chaucer

Blanco sobre Negro (Rubén Gallego)

Me traen al orfanato de turno. Me arrastro por el pasillo, a mi encuentro viene una niñera. El pasillo está a oscuras y ella no me ve enseguida. Cuando ya casi me toca, de pronto lanza un grito y da un salto atrás. Después se me acerca, se inclina para verme mejor. Tengo la piel oscura, y la cabeza afeitada. Tras un primer vistazo en la semipenumbra del pasillo sólo se pueden descubrir los ojos, unos grandes ojos que penden en el aire a unos quince centímetros del suelo.
- Huy, qué delgadito. Sólo piel y huesos. Ni que te hubieran traído de Buchenwald.
Ciertamente no estoy gordo. Allí de donde me han traído no me daban de comer muy bien, y además comía mal.
La mujer se va. Regresa al par de minutos y deja en el suelo, junto a mí, un trozo de pan con tocino. Veo el tocino por primera vez en mi vida. Por eso primero me como el tocino y luego el pan. De pronto me entra calor, me siento a gusto, y me duermo...

Blanco sobre Negro
Rubén Gallego

La expedición de la Kon-Tiki (Thor Heyerdhal)

Tú no has estado en tu vida en una balsa y de pronto se te ocurre cruzar el Pacífico en una. Quizá, saldría bien, quizá no. Los antiguos indios del Perú se apoyaban en la experiencia de muchas generaciones. A lo mejor diez balsas se iban a pique por cada una que lograba cruzar, o tal vez cientos en el curso de varios siglos. Como tú mismo dices, los incas navegaban en el mar abierto con verdaderas flotas de estas balsas; de modo que, si algo iba mal, los náufragos podían ser salvados por la balsa más cercana. Pero a ti, ¿quién te va a recoger en medio del océano?. Aunque te lleves un aparato de radio para un caso de urgencia, no creas que sea fácil localizar una pequeña balsa entre las olas, a miles de millas de la costa. En una tormenta puedes ser barrido de cubierta y hundido cien veces, antes de que nadie pueda llegar hasta ti. Mejor será que te quedes tranquilo aquí, hasta que alguien tenga tiempo de leer tu manuscrito. Escríbeles otra vez animándolos; sería bueno que lo hicieras.

La expedición de la Kon-Tiki
Thor Heyerdhal

Doble esplendor (Constancia de la Mora)

Durante aquel invierno fui víctima de tremendos remordimientos –sin llegar a comprender en qué consistía mi culpa-. Sentía una amarga vergüenza por la vida, tan vacía, que llevaba, y por no carecer de nada sin que me costase ningún trabajo; pero los que nos rodeaban y las mismas Hermanas de la Caridad daban a entender que, con unas cuantas visitas a los pobres y otras “obras de caridad”, había más que justificado mi situación de privilegio. Incluso me llegaban a insinuar que aquellas personas que yo veía en mis visitas a los patios de vecindad no eran lo mismo que nosotros. Los pobres eran considerados, en nuestro ambiente, como el producto inevitable de algo desconocido, que siempre había existido y continuaría existiendo, y de cuyo estado de cosas nosotros no teníamos la mínima responsabilidad. Pero a mí, en realidad, no me acababa de satisfacer aquellas explicación. La gente que yo conocía en tales visitas no me parecía diferente de los demás, y lo único que las distinguía era su miseria, suciedad e ignorancia. Aquellas viudas tan jóvenes, pensaba yo, seguramente que querrían rehacer sus vidas y tener un poco de seguridad para sus hijos -¡ciertamente aquella anciana no andaría pidiendo limosna si tuviesen trabajo sus hijas y ganasen un salario decente!-, pero, cuando se me ocurría algún comentario o me rebelaba ante lo que, a mi juicio, eran las más palpables injusticias, mis amigas o las Hermanas de la Caridad trataban de consolarme diciéndome:
.- Es que tú tienes un corazón de oro...

Doble esplendor
Constancia de la Mora

El iceberg imaginario (Elizabeth Bishop)

Es mejor tener el iceberg que el barco, aunque ello signifique el fin del viaje.
Aunque permanezca totalmente inmóvil como una nublada roca y todo el mar fuera móvil mármol. Es mejor tener el iceberg que el barco; poseeríamos más bien esta llanura de nieve aunque las velas del barco anduvieran por el mar como la nieve yace no disuelta sobre el agua.
Oh, solemne y flotante campo, ¿Te das cuenta que un iceberg reposa contigo y cuando despierte puede pacer en sus nieves?
Esta es una escena por la que un marino daría sus ojos.
El barco es ignorado. El iceberg se alza y se hunde de nuevo; sus vítreas puntas corrigen las elipses del cielo. Esta es una escena donde quien pasea por la borda es incultamente retórico. El telón es demasiado ligero para alzarse en las más finas cuerdas que las aéreas torsiones de la nieve provean. La gracia de estos blancos picos hace sombras con el sol. El iceberg desafía su peso sobre un movedizo escenario y se está y observa.
El iceberg corta sus facetas desde dentro. Como las joyas de una tumba continuamente se protege y adorna sólo él mismo, quizás las nieves que tanto nos sorprenden flotando en el mar.
Adiós, decimos, adiós, el barco se pierde adonde las olas se entregan a otras olas y las nubes pasan a un cielo más cálido.
Los iceberg son necesarios al alma (haciéndose ambos de los elementos menos visibles) para verlos así: encarnados, bellos, indivisiblemente erigidos.

El iceberg imaginario
Elizabeth Bishop

A través de la Selva Amazónica (Percy Harrison Fawcett) (Senderos andinos)

Quienes únicamente conocen Europa o el Oriente apenas pueden imaginar cómo son estos senderos andinos. Los indios y las mulas –y, por supuesto, las ubicuas llamas- son prácticamente las únicas criaturas capaces de recorrerlos con éxito. Los angostos caminos están sembrados de piedras sueltas y grava movediza, ascienden miles de metros por pendientes que sólo puedo describir comparándolas con el costado de la Gran Pirámide, y luego, del otro lado, descienden por escarpados precipicios en una serie de bruscos zigzags. Las mulas han de saltar, como los gatos, sobre piedras enormes que recuerdan la escalinata de un gigante. A ambos lados de las afiladas crestas, el sendero desciende hasta un abismo lleno de fango. El camino aparece flanqueado por esqueletos de animales, y alguna que otra ruidosa bandada de buitres se disputa el cadáver descompuesto de un caballo o una mula. En algunos puntos el tortuoso sendero se reduce a poco más que un estrecho saliente labrado en la escarpada roca, a centenares de metros sobre el fondo del valle, y allí las mulas optan por avanzar próximas al borde. El jinete mira al vacío con el corazón en la garganta, sabedor de que los accidentes son habituales. Es entonces cuando uno recuerda los relatos sobre pasos en falso sobre la grava suelta, y la caída entre alaridos de un animal y un jinete que jamás volverán a ser vistos.

A través de la Selva Amazónica
Percy Harrison Fawcett

Rumbo a Tartaria (Robert D. Kaplan) [Turcomanos]

Los turcomanos, que eran nómadas, aterrorizaron durante siglos las comunidades agrícolas de Persia y Afganistán, así como a las caravanas que cubrían la ruta de la seda, violando, saqueando y llevándose muchos esclavos que vendían a los árabes y a los kanes de Jiva y Bujará, en el actual Uzbekistán. Cada vez que Persia organizaba una expedición hacia el norte, los turcomanos huían hacia las tierras de Kara Kum. Pero aunque eran buenos jinetes, los turcomanos, aferrados a las tradiciones de sus clanes, nunca lograron constituir un estado propio, y en 1741 el rey persa Nadier Sha los sometió a su dominio. Más tarde, concretamente en 1813, los rusos quebrantaron el dominio persa en Asia Central y empezaron a levantar fuertes en el desierto para atacar a los turcomanos, que respondieron con incursiones en las que mataban y esclavizaban a los civiles rusos. Salvando las diferencias, era la reproducción de la guerra que se producía por entonces entre colonos blancos y nativos indios en el Oeste de Estados Unidos.

Rumbo a Tartaria
Robert D. Kaplan

Al Correr de los Años (Arthur Miller)

Los escritores que han preferido permanecer en su suelo natal y seguir escribiendo pese a la despiadada presión a que los someten para que emigren son unas figuras extrañas y anacrónicas en estos tiempos, tal vez no menos extrañas y anacrónicas que sus opresores...
La insistencia de esas personas puede ser una inspiración para algunos, pero es sin duda un estorbo para otros, y no sólo en el aparato opresivo, sino también en Occidente, pues los llamados disidentes defienden al parecer unos valores en una época en que la actividad principal parece ser el aumento del capital para invertirlo en tecnología.
No hace falta decir que en Occidente no todo el mundo, ni mucho menos, defiende los derechos humanos, y que en el apoyo occidental a los disidentes del Este hay más hipocresía de lo que a uno le gustaría creer. No obstante, si hemos aprendido algo en los últimos cuarenta años es que, para luchar por esos derechos (y sin ellos la acumulación de capital no es más que la construcción de otra prisión moderna), hay que luchar dondequiera que sea necesario.

Al Correr de los Años
Arthur Miller

El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) (Mapas)

Debo decir que de muchacho sentía pasión por los mapas. Podía pasar horas enteras reclinado sobre Sudamérica, África o Australia, y perderme en los proyectos gloriosos de la exploración. En aquella época había en la tierra muchos espacios en blanco, y cuando veía uno en un mapa que me resultaba especialmente atractivo (aunque todos lo eran), solía poner un dedo encima y decir: cuando crezca iré aquí. Recuerdo que el Polo Norte era uno de esos espacios. Bueno, aún no he estado allí, y creo que ya no he de intentarlo. El hechizo se ha desvanecido. Otros lugares estaban esparcidos alrededor del ecuador, y en toda clase de latitudes sobre los dos hemisferios. He estado en algunos de ellos y... bueno, no es el momento de hablar de eso. Pero había un espacio, el más grande, el más vacío por así decirlo, por el que sentía verdadera pasión.
En verdad ya en aquel tiempo no era un espacio en blanco. Desde mi niñez se había llenado de ríos, lagos, nombres. Había dejado de ser un espacio en blanco con un delicioso misterio, una zona vacía en la que podía soñar gloriosamente un muchacho. Se había convertido en un lugar de tinieblas. Había en él especialmente un río, un caudaloso gran río, que uno podía ver en el mapa, como una inmensa serpiente enroscada con la cabeza en el mar, el cuerpo ondulante a lo largo de una amplia región y la cola perdida en las profundidades del territorio. Su mapa, expuesto en el escaparate de una tienda, me fascinaba como una serpiente hubiera podido fascinar a un pájaro, a un pajarillo tonto.

El corazón de las tinieblas
Joseph Conrad

Los arqueólogos de patas de rana (Marc-André Vernier y Robert Grenier)

Estoy listo para descender al mar, pero antes admiro el paisaje que me ofrece la costa de Labrador. En frente mío veo las dos colinas de la Isla de Saddle, cerca de la isla el caso metálico del Bernier, un barco hecho en los años 60; a la izquierda, las pequeñas casas multicolores de la villa de Red Bay se agarran a las costas escarpadas; en la orilla las cabañas de los pescadores, soportadas por troncos.
Mi vista se torna hacia el mar, que aparece entre la isla y tierra firme; está lleno de icebergs, algunos pequeños, otros inmensos. A mí me gustan los icebergs. Tienen todos formas diferentes, esculpidas por los vientos y las aguas del mar. Tienen unos tonos de azul que me recuerdan....
"Robert Grenier, es hora de entrar al agua" Este llamado me trae a la realidad. A trabajar! Tomo una bocanada de aire fresco, el último por las próximas dos horas, me ajusto la máscara y los guantes y me lanzo hacia el agua helada...
Entro en un mundo totalmente diferente. Un mundo de silencio. Tengo en mi cintura 20 kgs de lastre que no me pesan nada. Tengo la impresión de volar!
El fondo de la Bahía se aparece poco a poco. Las imágenes fantasmagóricas del sitio arqueológico que yo dirijo se hacen más claras. Son imágenes mágicas: miles de pequeñas burbujas se van a la superficie, emanan de seis buzos que se afanan trabajando sobre grandes cuadros metálicos.
En el fondo de la Bahía, llaman mi atención los largos trozos de madera marrón o negra. Son los pedazos de un buque, el más antiguo jamás hallado en Canadá! Es un navío Vasco venido de Europa para cazar ballenas hace más de 400 años. Hace cuatro años que mi equipo de arqueólogos subacuáticos de Parks Canada trabajan sobre este pecio.

Los arqueólogos de patas de rana
Marc-André Vernier y Robert Grenier

Pura vida (José María Mendiluce)

El hombre no lo puede todo. Y aquí, la naturaleza nos lo recuerda muchas veces. Cuanto más la atacamos, más se defiende. Es triste, porque al final quizá gane el hombre. Pero el día que lo haga y mate la belleza, el hombre loco se habrá matado a sí mismo. Y querrá entonces devolver a la vida aquello que mató. Pero como un dios destructivo no podrá hacerlo. Y la última venganza de la naturaleza será arrastrar al hombre en su agonía. Y será el fin del mundo. De este mundo. Porque la vida renacerá, esta vez sin el error humano.

Pura Vida
José María Mendiluce

Las Ninfas (Francisco Umbral)

Yo era un lector incondicional que siempre estaba de acuerdo con todo y con todos. No tenía sentido crítico, o prescindía de él momentáneamente, y aún creo que debe ser así en el lector joven, pues la admiración enriquece mucho más que la reticencia, y sólo el que ha admirado mucho, el que lo ha admirado todo, lo bueno y lo malo, lo favorable y lo adverso, se encuentra más tarde en posesión de tesoros que ya irá depurando. El solo hecho de escribir en un periódico me parecía absolutamente mágico, como me lo sigue pareciendo, y no comprendía a algunos de aquellos genios del Círculo Académico que todo lo leían con reticencia y crítica, y que por lo tanto se estaban preparando para ser unos estreñidos literarios, unos descontentos, unos resentidos. A mí me valía todo.

Las ninfas
Francisco Umbral