miércoles, mayo 30, 2007

Orient Express (John Dos Passos) [Gente corriente]

- ¿Cuál es el error básico que cometen todas las potencias europeas con respecto a Persia? Se lo diré yo: sólo tienen en cuenta a los grandes personajes. No son conscientes de la existencia de la gente corriente como yo, doctores, mulás, pequeños comerciantes... Ni de que hoy en día incluso los campesinos hablan de política en los salones de té situados al borde de los caminos. Saben que pueden sobornar o amenazar a los personajes más relevantes y por eso creen que tienen a todo el país en un puño. Pero a nosotros, la gente corriente, no pueden comprarnos porque somos demasiado numerosos. Si me compran a mí, o me eliminan, surgirán cientos de personas con las mismas ideas dispuestas a ocupar mi lugar. ¿Y qué beneficio sacarán entonces?
Estaba amaneciendo; la afilada silueta del Damavand, la gran montaña que mira a Teherán, aparecía ribeteada por una sutil banda de oro. Soplaba un viento cortante, como si fuera a nevar.
- Y cuando regrese a su país –concluyó el sayyid -, no se olvide de explicarles a los americanos que en Asia también existe la gente corriente.

Orient Express
John Dos Passos

miércoles, mayo 23, 2007

La hija del caníbal (Rosa Montero)

Hay momentos en la vida en que todo es muerte. En los que la cotidianidad se hace pedazos y el horror se convierte en un destino inevitable. Sádicos pelirrojos que sacan ojos, niñas violadas y estranguladas, muchachitos que torturan y asesinan a bebés, mendigos quemados vivos por neonazis. Hay momentos en los que la atrocidad te anega de tal modo que te asombra haber llegado relativamente indemne hasta ese día. Es tan impensable el horror cuando se piensa. No cabe en la cabeza y te vuelve loco.

La hija del caníbal
Rosa Montero

martes, mayo 22, 2007

Tiempo de silencio (Luis Martín Santos)

Mientras, los músicos pobres, oficinistas vergonzantes, tocaban, sin atreverse a hacer, como hacen los músicos ricos, risas, saltos y contoneos de cadera divertidísimos, sino que tocaban con toda su cara seria de músico de entierro que corresponde a los músicos pobres y ni siquiera el de las maracas o como se llamen esos chismes parecidos a sonajeros, ni siquiera ése, y ya es raro, se atrevía a sonreír como parece que el instrumento lo pide, sino que también ése cariacontecido y serio, digno y pesaroso, manejaba los instrumentos esféricos con su rostro de caballero en sepelio de conde de Orgaz. El buen pueblo, con su permiso para divertirse se apretaba a la otra parte del pueblo que le había caído en suerte y procuraba, con ese pedacito de cosa, consolarse de los trabajos v los días que arrastradamente caen sin remedio sobre él y sacaba fuerzas de flaqueza para hacer como si se divirtiera y para olvidar los ojos de hito en hito de las comadres vigilando las evoluciones de sus hijas y las proximidades a las que el mutuo consuelo compelía. E inmóvil, rodeado de todos pero ausente, el hombre vestido de negro miraba de un modo al mismo tiempo atento y como distraído, con una colilla pegada en el labio de abajo. También había tiros al blanco en aquella verbena tan animadamente establecida por los cuidados de la tenencia de alcaldía para solaz del pueblo bajo y que no se diga que el Excmo. Ayuntamiento nada tiene que ver con que es preciso divertir al pueblo, que también la gente del pueblo tiene su corazoncito y qué caramba, hay que echar una canita al aire de vez en cuando.

Tiempo de silencio
Luis Martín Santos

Vinicius o poeta (Gani Jakupi & Miquel Jurado)

Es fácil quedarse con el Vinicius de Garota de Ipanema y no ir más allá. No es necesario ir más allá pero la recompensa es enorme, reconfortante.
El movimiento cimbreante de esa menina do corpo dourado do sol de Ipanema sobre la arena caliente de la playa, de aquella playa, de cualquier playa, es como un vendaval de aire fresco, refrescante, en medio del bochorno de un tórrido mediodía. Todos hemos respirado profundo y nos hemos dejado llevar, arrebatar, en más de una ocasión, en muchas ocasiones, por ese movimiento hipnótico. Es bello y tonificante dejarse llevar por ese cimbrear hipnótico y dejar que vuelen los sueños por ese mundo que se enche de graça e fica mais lindo por causa do amor.
Por obra y gracia del viejo Vinicius nadie nos podrá quitar Ipanema, que ya es de todos aunque no hayamos estado nunca. Ni la sonrisa de esa menina que no es una sino cientos, miles, millones de sonrisas pero que siempre es esa, la nuestra, la que vemos venir llena de gracia y nos devuelve esa fe, nunca perdida, en que la humanidad puede seguir sonriendo a pesar de todos los pesares.

Vinicius o poeta
Gani Jakupi & Miquel Jurado

martes, mayo 15, 2007

Cortos (Manuel Hidalgo)

Puede que el gran público de cine no preste ninguna atención a los cortos, puede que los cortometrajistas -por no conseguir colarse en las grandes cadenas de exhibición- piensen que han alcanzado todavía a medias sus objetivos, pero lo cierto es que hay una amplia minoría mayoritaria, esencialmente joven, que tiene acceso a los cortos y que la profesión cinematográfica sigue a los cortometrajistas muy de cerca, por lo que son fluidos y abundantes los debús en el largometraje de quienes se han hecho notar con sus cortos.

Cortos
Manuel Hidalgo

El fútbol a sol y a sombra (Eduardo Galeano)

Cuando él estaba allí, el campo de juego era un picadero de circo, la pelota un bicho amaestrado, el partido, una invitación a la fiesta. Garrincha no se dejaba sacar la pelota, niño defendiendo su mascota, y la pelota y él cometían diabluras que mataban de risa a la gente; él saltaba sobre ella, ella brincaba sobre él, ella se escondía, él se escapaba, ella lo corría. Garrincha ejercía sus picardías de malandra a la orilla de la cancha, sobre el borde derecho, lejos del centro; criado en los suburbios, en los suburbios jugaba. Jugaba para un club llamado Botafogo, que significa prendefuego, y ése era él; el botafogo que encendía los estadios, loco por el aguardiente y por todo lo ardiente, el que huía de las concentraciones,
escapándose por la ventana, porque desde los lejanos andurriales lo llamaba alguna pelota que pedía ser jugada, alguna música que exigía ser bailada, alguna
mujer que quería ser besada.
¿Un ganador? Un perdedor con buena suerte. Y la buena suerte no dura. Bien dicen en Brasil que si la mierda tuviera valor, los pobres nacerían sin culo.
Garrincha murió de su muerte: pobre, borracho y solo.

El fútbol a sol y a sombra
Eduardo Galeano

lunes, mayo 14, 2007

Un hombre que se parecía a Orestes (Álvaro Cunqueiro) [Testigo]

- Yo estoy a la espera, como pueda estarlo el rey Egisto, porque conviene que haya un testigo para los siglos. Y todos los sucesos del mundo los reduzco a la gran expectación de la llegada del vengador, y tomo notas para adornar la historia. Y ahora mismo, cuando tú montes en tu caballo y marches hacia tu país, señor Eumón, subiré a mi biblioteca, y en uno de mis cuadernos, por si conviene prestarle este gesto a Orestes, apuntaré el que tú tienes frecuente de llevar el dedo índice de la mano derecha a la despejada frente, como ordenando a un oculto pensamiento que comparezca. Tengo apuntados, inclusive, gestos de animales, un desperezo de felinos, el alargar del cuello del lobo que asoma a una encrucijada, la paciencia distraída del hurón, la cabeza erguida del azor que acaba de entregar la pieza que ha cobrado... Mi Orestes será variado, porque es el hombre, el ser humano. Si el público de teatro fuese educado en fisiognómica, haría un acto solamente con los gestos, pasos, escuchas, dudas, preparativos para el acto vengador del joven príncipe. Lo titularía “La aproximación de Orestes”, sería de gran utilidad para cazadores de bestias salvajes, y una luz estaría siempre sobre el rostro del protagonista, sobre sus manos, sobre sus pies, no dejando perder nada de la infinita muestra de sus movimientos.

Un hombre que se parecía a Orestes
Álvaro Cunqueiro

Un hombre que se parecía a Orestes (Álvaro Cunqueiro) [Venganza]

- ¿Qué harías tú en mi lugar? – pregunta otra vez Orestes.
El viejo se levanta y se sienta a la puerta de la casa, en el cepo de partir leña. Se rasca la calva cabeza.
- ¡Vaya, yo en el momento haría cualquier cosa, cortarle los testículos al querido de mi madre! Pero, pasados esos años que dices, y vistas las cosas con la frialdad que regala la distancia, y viendo que esa obsesión me estropea la puta vida, lo dejaría. ¡Claro que lo dejaría! Me haría otra vida por ahí, una vida de verdad, con oficio, con obligaciones, bien casado, la ropa siempre planchada, casa propia, hijos... Yo conocí a uno que quería matar a su padrastro, y el padrastro le mandaba melones cuando atracábamos en el puerto de la villa en que vivía. Era un marinero de mi nave. Y empeñado en que su padrastro le estaba comiendo la viña y una pareja de bueyes, amén de acostarse con su madre - y esto a nadie le gusta que lo haga un forastero. Yo le pedía que no lo matase, que sería un descrédito para la nave, y le aseguraba que, cuando menos lo pensase, el padrastro moriría de desgracia. Y así fue. Vino el padrastro con tres melones, resbaló en la escalerilla, se dio un golpe contra un ancla de repuesto que estaba en el muelle, y quedó en el sitio.... Mientras comíamos los melones, yo le decía que aquello estaba previsto. Y lo mejor del caso es que al siguiente viaje, cuando mi marinero fue a hacerse cargo de su viña y de su pareja de bueyes, se encontró con que su madre se había vuelto a casar, con la novedad de una red con membrillos colgada del techo, que el nuevo marido era muy delicado de nariz, y quería un perfume distinto al que reinaba en la habitación con sus antecesores.
- ¿No mató a la madre? – preguntó Orestes.
- ¿Y quién es uno para matar a la madre? Bebe y duerme, muchacho, que ya te despertaré para la cena, que hay salchichón con coliflor. ¡A lo mejor la misma cena que, a la misma hora, están haciendo tus adúlteros!

Un hombre que se parecía a Orestes
Álvaro Cunqueiro

Una tecnicultura gloriosa (Marco Livingstone)

El desafío a los conceptos convencionales de la inventiva y la creatividad ya planteado por el ready-made, fue retomado por los artistas pop con un entusiasmo casi feroz. Por encima de todo, lo que más pudo ultrajar la sensibilidad de aquellos que se habían educado bajo la idea de la obra de arte como la intervención subjetiva y personal en el mundo por parte de un individuo, fue su insolencia al rehusar responsabilizarse de sus imágenes y de los procesos que empleaban. Aprovechando lo que ya estaba disponible, atrajeron la atención hacia la saturación de información y estímulos visuales que nos asalta cuando vamos a nuestro trabajo. Aparentemente reacios a añadir nada a la gama de ofertas existentes, sugerían que el mundo no necesitaba ninguna invención más de su parte y que podía encontrase una función más útil en reordenar lo que de otra forma sería una confusa barrera de sensaciones. Paradójicamente, claro está, alcanzaron esta meta mediante la creación de más objetos; es decir, contribuyendo ellos mismos a la febril producción y al consumismo característicos de la sociedad industrializada de posguerra.

Una tecnicultura gloriosa, de Arte pop
Marco Livingstone

El 18 Brumario de Luis Bonaparte (Karl Marx)

La revolución es radical. Está pasando todavía por el purgatorio. Cumple su tarea con método. Hasta el 2 de diciembre de 1851 había terminado la mitad de su labor preparatoria; ahora, termina la otra mitad. Lleva primero a la perfección el poder parlamentario, para poder derrocarlo. Ahora, conseguido ya esto, lleva a perfección el poder ejecutivo, lo reduce a su más pura expresión, lo aísla, se enfrenta con él, como único blanco contra el que debe concentrar todas sus fuerzas de destrucción. Y cuando la revolución haya llevado a cabo esta segunda parte de su labor preliminar, Europa se levantará, y gritará jubilosa: ¡bien has hozado, viejo topo!

El 18 Brumario de Luis Bonaparte
Karl Marx

Mundo tenebroso (Daniel F. Galouye)

Él descendió el primer peldaño y se dispuso a bajar al siguiente. Había encontrado, para su desgracia, que la Radiación estaba muy cerca del Mundo Original. Pero aquello no significaba que el Paraíso no se hallaba lejos de allí.
Además, su atención se hallaba tan fascinada por aquel tump-tump, tump-tump, que no quería pensar en nada más. Aquel profundo y grave latido lo atraía irresistiblemente hacia abajo... hacia abajo...
Aquel ruido era tosco, pero delicado a la vez. Eran sones agudos y precisos, profundamente claros. Dijérase que un superdifusor de ecos resonaba a gran distancia... un difusor cuyos ecos eran tan perfectos, que no se perdía ni un detalle del medio ambiente.
A pesar de que tenía su oído embotado por su contacto con el infinito de los diablos nucleares, distinguió detalles en las piedras que le rodeaban que de otro modo no hubiera podido percibir. Cada fisura y grieta de los peldaños, cada oquedad de las paredes, las más diminutas elevaciones o depresiones de las superficies... todo le era claramente audible. A decir verdad, los conjuntos sonoros que entonces recibía eran casi tan perfectos como las sobrenaturales impresiones que sus ojos captaron cuando toda la Luz de la Radiación cayó sobre él.

Mundo tenebroso
Daniel F. Galouye

La insoportable levedad del ser (Milan Kundera) [Eterno retorno]

Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada.
Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad.

La insoportable levedad del ser
Milan Kundera

No digas que fue un sueño (Terenci Moix)

Hay un tiempo fugaz, que transcurre como un suspiro y es vano como un sueño, y éste es el tiempo que llamamos vida. En su brevedad, los hombres se abocan a la locura. Construyen castillos efímeros, creyendo que han de ser mansiones de eternidad. Pero la vida los destruye porque lleva en sí misma la semilla de la destrucción inmediata. Así nacen los imperios y así caen después. Pero existe un tiempo eterno, inscrito en la esencia misma de las cosas, en el constante devenir que se transmite de hombre a hombre. Y es un tiempo mucho más vasto de lo que podrían calcular los historiadores de palacio y va mucho más allá de cuanto puedan agotar los hombres del futuro. Éste es el tiempo que te hemos entregado, Totmés. El tiempo eterno que deberás transmitir a Cesarión.

No digas que fue un sueño
Terenci Moix

Discurso del Premio Nobel (William Faulkner)

Me rehúso a aceptar el fin del hombre. Es bastante fácil decir que el hombre es inmortal simplemente porque perdurará: que cuando el último din don del destino haya resonado y se haya apagado en la última piedra sin valor bajo la última roja tarde agonizante, que incluso entonces habrá ahí un sonido más: ésa su insignificante voz inextinguible, hablando todavía. Me rehúso a aceptar eso. Yo creo que el hombre no sólo perdurará: prevalecerá. Es inmortal, no porque sea el único entre las criaturas que tenga una voz inextinguible, sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión y sacrificio y resistencia. El deber del poeta, del escritor, es escribir acerca de estas cosas. Es un privilegio aligerar el corazón del hombre para ayudarlo a resistir, al recordarle el valor y honor y orgullo y esperanza y compasión y caridad y sacrificio que han sido la gloria de su pasado. No es necesario que la voz del poeta sea un mero registro del hombre, puede ser uno de los apoyos, de los pilares para ayudarlo a perdurar y a prevalecer.

Discurso del Premio Nobel
William Faulkner

La seducción de las palabras (Alex Grijelmo)

Las palabras arraigan en la inteligencia y crecen con ella, pero traen antes semillas de una herencia cultural que trasciende al individuo. Viven, pues, también en los sentimientos, forman parte del alma y duermen en la memoria. Y a veces despiertan y se muestran, entonces, con más vigor, porque surgen con la fuerza de los recuerdos descansados.
Son las palabras los embriones de las ideas, el germen del pensamiento, la estructura de las razones, pero su contenido excede la definición oficial y simple de los diccionarios. En ellos se nos presentan exactas, milimétricas, científicas... Y en esas relaciones frías y alfabéticas no está el interior de cada palabra, sino solamente su pórtico.
Una palabra posee dos valores: el primero es personal del individuo, va ligado a su propia vida y el segundo se inserta en aquél, pero alcanza a toda la colectividad. Y este segundo significado conquista un campo inmenso, donde caben muchas más sensaciones que aquéllas extraídas de su preciso enunciado académico.
Nada podrá medir el espacio que ocupa una palabra en nuestra historia (...). El espacio de las palabras no se puede medir porque atesoran significados a menudo ocultos para el intelecto humano; sentidos que, sin embargo, quedan al alcance del conocimiento inconsciente.

La seducción de las palabras
Alex Grijelmo

En los oscuros lugares del saber (Peter Kingsley) [Conocimiento]

El conocimiento que ya tenemos es inútil a menos que podamos vivirlo, vivir en él y vivirlo plenamente en nuestro interior. Si no es así, se convierte en una carga que puede aplastarnos e incluso destruirnos.

En los oscuros lugares del saber [Conocimiento]
Peter Kingsley

En los oscuros lugares del saber (Peter Kingsley) [Realidad & apariencia]

En el mundo moderno, la repetición y la inocencia van de la mano. La sofisticación es la virtud más elevada: la búsqueda de la variedad interminable, de las maneras de dispersar nuestros anhelos en entretenimientos y distracciones, en cosas distintas que hacer y decir. Incluso los intentos que hacemos por mejorar, ser más sabios o más interesantes o tener más éxito son sólo métodos para huir corriendo del vacío que todos sentimos dentro.
Así pues, lo entendemos todo al revés y confundimos la sofisticación con la madurez, y casi no nos damos cuenta de que no hay nada más repetitivo que el deseo de variedad.
Es necesaria una tremenda concentración, una inmensa intensidad para romper la pared de apariencias que nos rodea y que tomamos por realidad. La mayoría de la gente pinta esa pared de distintos colores y piensa que es libre. Pero lo extraordinario es que lo más importante que necesitamos para ser libres está ya dentro de nosotros: nuestro anhelo. Y la voz de nuestro anhelo es la repetición, que llama insistentemente a lo que está más allá de todo lo que conocemos o entendemos.

En los oscuros lugares del saber [Realidad & apariencia]
Peter Kingsley

En los oscuros lugares del saber (Peter Kingsley) [Aprendizaje]

La vida, para nosotros, se ha convertido en un interminable afán de mejora: necesitamos siempre conseguir más, hacer más, aprender más, conocer más cosas. El proceso de aprendizaje y enseñanza se ha convertido en un sencillo mecanismo de recepción de datos e información: de recepción de lo que ignorábamos, de algo siempre distinto a nosotros mismos.
Por ese motivo, aprendamos lo que aprendamos, nunca nos afecta en lo más profundo, nunca llega a satisfacernos. Y cuanto más conscientes somos de ello, más nos apresuramos para intentar encontrar otros sustitutos y llenar el vacío que seguimos sintiendo en nuestro interior. Todo nos empuja fuera de nosotros mismos, lejos de la absoluta sencillez de nuestra propia humanidad.

En los oscuros lugares del saber [Aprendizaje]
Peter Kingsley

En los oscuros lugares del saber (Peter Kingsley) [Ciencia & magia]

Bajo la superficie de la retórica y la persuasión, no hay gran diferencia entre la ciencia moderna y la antigua magia. Pero como ya no sabemos cómo encontrar el acceso a lo que está más allá de nuestra conciencia diurna, tenemos que tomar anestésicos y drogas. Y como ya no comprendemos a los poderes que nos superan, se nos niega el significado de nuestro sufrimiento. De esta manera sufrimos como cargas, morimos como estadísticas.

En los oscuros lugares del saber
Peter Kingsley

jueves, mayo 10, 2007

Industrias y andanzas de Alfanhuí (Rafael Sánchez Ferlosio) 2ª, I

Era don Zana un hombre guapito y risueño, flaco y con los hombros anchos y angulosos. Su pecho era un trapecio. Vestía camisa blanca, una chaqueta de franela verde, corbata de lazo, pantalón claro y zapatitos de color corinto en el pie pequeño y bailarín. Éste era don Zana “El Marioneta”, el que bailaba sobre las mesas y los ataúdes. Despertó un día, colgado en el polvoriento almacén de un teatro, junto a una señora del siglo XVIII con muchos bucles blancos y cara de cornucopia. La señora, aunque había bailado con él en los teatros de París, no despertó, porque tenía menos temperamento. Por un ventanuco, al tejado se fue don Zana, y anduvo algunos días bailoteando por las tejas, asustando a las gentes que vivían en los áticos y en las buhardillas.
Don Zana andaba ahora libre por las calles, al antojo de sus zapatos color corinto, sin que nada ni nadie lo retuviera.

Industrias y andanzas de Alfanhuí, Segunda Parte, I
Rafael Sánchez Ferlosio