lunes, marzo 19, 2007

Diario de un seductor (Soren Kierkegaard)

Yo soy un esteta, un artista del amor y creo en el amor; comprendí la esencia del amor y su interés, conozco todos sus secretos y tengo al respecto mis propias ideas; creo, efectivamente, que una historia de amor debe durar a lo sumo seis meses y que toda relación debe cesar ipso facto en cuanto ya nada queda por disfrutar. Sé todo esto y también sé que el mayor deleite que se puede imaginar amando es el de ser amado, el de ser amado por encima de todas las cosas del mundo. Penetrar en el ser de una muchacha con el espíritu, es todo un arte, pero saber salir de ese ser constituye una obra maestra, aunque esto último dependa siempre de lo primero.

Diario de un seductor
Soren Kierkegaard

1 comentario:

Esther dijo...

Nuestra incapacidad para definir algo tan simple como lo es el amor, nos hace verlo básicamente como un sentimiento inexplicable. Pero no me lo puedo permitir. Hoy no. Quizás sucumba en el intento, mas debo hacerlo. Por mí. Desde luego, empezaré diciendo que se trata de algo interior. De muy dentro. De las entrañas diría yo. Una necesidad básica, casi fisiológica, como lo es comer o dormir. Y permanente. Está ahí, independientemente de que nosotros podamos sentirlo, verlo o tocarlo. No depende de nosotros. Está, nos atraviesa y entonces, puedes darte por perdido, porque jamás volverás a recuperar la cordura. Hablamos de comerse el amor, a dos manos, de engullirlo, de devorarlo, es pasión desmedida, locura e irracionalidad. El motor del mundo, dicen unos. Torrente, dicen otros. Movimiento invisible, al fin y al cabo. Y sin embargo. Si lo ponemos en tela de juicio, puede ser la mejor mentira o la peor verdad, porque duele, porque daña, porque hiere. Un contigo sufro, pero sin ti, muero. En el mejor de los casos es egoísmo, intransigencia e intolerancia dosificado, y la peor terapia para querernos un poco más.

Definición:

Alimento del espíritu, dulce en algunos casos, amargo en otros, que se devora y te colma por dentro, provocando un sentimiento interior de felicidad casi irracional, que se ve por fuera, dejándonos cara de bobos. Parecido a un torrente que te arrastra hasta la pérdida del control, en la cual es difícil discernir el bien del mal.