lunes, junio 04, 2007

Clea (Lawrence Durrell)

Era un relato de salvaje poesía adecuado al lugar y al momento; el pequeño círculo de rostros mustios, el diván, la luz incierta y temblorosa; la extraña fascinación del canturreo árabe con sus imágenes damasquinadas y suntuosas, el espeso brocado de repeticiones aliterativas, el acento nasal, todo contribuía a dar a la historia un esplendor secular que me hacía llorar, llorar con lágrimas hambrientas. ¡Qué alimento potente para el alma! Pensé en la magra ración que nosotros, los modernos, ofrecemos a nuestros ávidos lectores. Aquel cuento tenía contornos épicos. Sentía envidia. ¡Qué ricas eran aquellas pequeñas mendigas! Y también envidié el auditorio. Como plomadas, las niñas se sumergían en las imágenes de la historia. Podía ver sus verdaderas almas, deslizándose como ratones, asomando a hurtadillas por detrás de las máscaras pintarrajeadas, en súbitas expresiones de asombro, de suspenso, de alegría. En el macilento crepúsculo, aquellas expresiones reflejaban una verdad terrible. Se las veía como habrían de ser en la edad madura: la bruja, la buena esposa, la chismosa, la arpía. La poesía de aquel cuento las desnudaba hasta los huesos, permitía florecer la verdad en cada una de ellas, en rostros que retrataban con fidelidad sus pequeños espíritus frustrados.

Clea
Lawrence Durrell

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